20.1.16

Silence.

"It was a sense that reality was thin. I think it is thin, you know, thin as lake ice after a thaw, and we fill our lives with noise and light and motion to hide that thinness from ourselves." Bag of Bones, Stephen King. 



Calvin y yo decidimos para fin de año viajar a Villeta, Cundinamarca, un pueblo a 80 kms de Bogotá, aproximadamente. En bicicleta. Este es mi relato que tratará de contar esa experiencia que espero, nunca, olvidar. El sentido de la vida, la muerte y lo que somos como humanos se distorsionó, dejo de ser y volvió. Fue como drogarnos, pero sin drogas.

Aunque él quería viajar de noche, logré convencerlo de que ver la carretera a plena luz de día sería mucho más genial. Logré también convencerlo porque le dije que de todas maneras podríamos salir de madrugada y así tener un poco de oscuridad en la carretera por un rato. Nada de eso pasó, pues nunca escuchamos la alarma y nos levantamos cuando el sol empezaba a salir. De todas maneras decidimos salir, y el viaje empezó desde nuestra casa a las 7:30 am. Vivimos cerca de la salida de Bogotá por la Calle 80, así que estar en la carretera nos tomó apenas unos 20 o 30 minutos.

Personalmente, para el kilometro 15 ya me sentía cansada, y me frustré cuando nos dimos cuenta que mi llanta trasera estaba frenada. Más adelante pudimos arreglarla en una bicicleteria y el camino siguió abierto para nosotros. Ese camino nos llevaba al Alto del Vino, un punto muy concurrido para ciclistas. Ellos subían con sus bicicletas de ruta y su pinta pro al lado de nosotros y unos que otros nos daban aliento para seguir adelante (a mí se me notaba lo leeenta) porque sí, desde el kilómetro 18, la ruta empezó a ser de subida.


Llegamos al Alto con un sentido de victoria, sabiendo aún cuán lejos estabamos de nuestra meta. El problema de no conocer la ruta nos hizo detenernos demasiado en lugares que pudimos evitar para acercarnos más a nuestro destino. En fin, el no saber esto nos habría ayudado a meterle toda la ficha a la subida hasta el Alto, pues lo que venía después de eso no lo esperábamos tan pronto. Desde allí el viaje fue en bajada y perfectamente cuatro o cinco kilómetros los recorríamos en dos-tres minutos. Ahí también supimos lo que se vendría cuando nos tuviéramos que devolver. Madre de dios.

Llegamos a La Vega a las 11 am y el calor se empezó a hacer insoportable. Sabíamos que el sol de mediodía sería jodido, y aún así decidimos continuar. Una vez comenzado el viaje, no queríamos parar. Así que seguimos, confiados de que los 27 kms que nos faltaban se pasarían volando. No fue así. El camino no fue de bajada, fueron varios trayectos de subida y el esfuerzo y el calor de la zona cobraron su cuota en mí. Me desesperé porque sentía que no avanzaba, que me estancaba en cada kilómetro, que el calor no me dejaba mover. Sentí el inicio de alguna alucinación. Luego, cuando vi que faltaban 2kms para llegar me sentí desfallecer. 

¿Dos, todavía faltan dos? Lo increíble de sentirme derrotada no era sentir que mi cuerpo no podía subir, porque de hecho después del kilómetro 20 empecé a mejorar. Lo increíble era sentir como mi mente me decía millones de cosas, me hacía sentir sola -y estaba sola, porque Calvin avanzó mucho más que yo y en alguna curva me dejó atrás- y me hacía desvariar. Pensé demasiadas estupideces y tuve que parar, sentí inmensas ganas de llorar y me descargué en plena carretera. Lloré porque sí, porque mi mente se cansó de sentir el esfuerzo y no ver la recompensa. Lloré porque sentí que nada valía la pena, y lloré más cuando me di cuenta de lo tonta que estaba siendo, de lo putamente orgullosa que me podía sentir porque en el suelo ahora marcaba 77+00kms así que ya había viajado todo eso como para sentirme tan miserable.

En realidad paré dos veces a llorar hasta que finalmente recobré el sentido, pedalée como pude y me encontré con Calvin que me esperaba a lo lejos, preocupado por mí. Lloré junto a él y le dije lo loca que me sentía... bastaron unas cuantas curvas y allí estabamos. Habíamos llegado a Villeta.


Llegamos a las 2 pm y lo demás fue delicia. Piscina, descanso y mucho sol. Nos tomó siete horas este viaje, cuatro horas pedaleando full y tres horas pendejeando, tal vez. Al final, sentimos una victoria increíble. Dejé mi cámara en una tienda de ropa, así que gracias a ese detalle para recuperarla nos quedamos un día más de lo planeado y empezamos nuestro viaje de regreso el 2 de enero a las 5:30 pm. Esta vez sí ibamos a viajar de noche y creíamos que para eso de la 1 am estaríamos en Bogotá. Lo que no creíamos es que tardaríamos 15 horas y que estaríamos de regreso en nuestra casa hasta el 3 de enero a las 8:00 am, lo cual sí pasó.

Para mí el viaje de regreso fue mucho más fácil físicamente, aunque fue de subida todo el tiempo hasta volver al Alto del Vino y bajar. Lo que hizo este viaje único fue la magia y el horror de estar en carretera en la noche y la madrugada. Sin luz de ningún tipo (excepto nuestras luces de la bicicleta y los ocasionales carros que pasaban), sin música, sin nada. Sólo las ganas de volver a casa a descansar.

Aún estabamos cuerdos cuando llegamos a La Vega a las 9 pm. Tomamos algo, nos divertimos y regresamos a la carretera. El letrero de salida de La Vega decía clarito BOGOTÁ 54 KM y sentíamos un escalofrío de emoción y nervios. Luego fueron sólo nervios cuando la luz más fuerte delantera que tenía Calvin se descargó. Estuvimos quietos por unos 40 minutos hasta que hicimos unos cambios y conseguimos otra luz para él. En ese momento era medianoche y no había manera de que estuvieramos en Bogotá a la 1, esa idea ya había muerto ahí, y saber que faltaba una luz para el viaje me hizo sentir miedo. ¿Y si tenemos que quedarnos aquí, hasta que salga el sol? Creo que en ningún momento tuve miedo de que pasara un carro y nos matara, un camión o algo. Daba más miedo saber que estaríamos solos, en medio de la nada. Era genial, no debo mentir, pero aterrorizaba porque como persona "normal", me he acostumbrado a distraerme de mi misma, a distraerme de lo que es y lo que soy. A escuchar música y no pensar, no estar sola con mi propia mente. Él y yo nos sentíamos igual, pero ninguno diría nada porque sentiamos que si uno caía, el otro caería también y creo que estábamos tratando de mantenernos lo más sensatos posibles.

Nuevamente, el cuerpo no dolía, dolía no llegar, no ver que los kilómetros en el suelo disminuyeran. Dabas vueltas, y vueltas, un giro a la derecha, otro a la izquierda, sigues subiendo, y sigues en los mismos 40kms en el suelo. Nuestra mente no aguantaba. Sentiamos ganas de botar todo y lanzarnos al vacío. Abandonarlo todo como si nada tuviera sentido, ni siquiera nuestra propia vida. En algún punto pensé que morir no importaba, ¿qué sentido tenía la vida si igual vas a morir? Pero tenerlo a él, junto a mí fue un salvavidas. Sentir que tu vida no vale nada pero que ese otro que está junto a ti vale mucho, sentir que abandonarte es abandonarlo, fue algo que no me permití. Seguimos, seguimos, caminábamos de vez en cuando (a ese punto lo único que dolía era el culo) y seguimos.

Motivation with bear

Ahora, que si necesitábamos motivación, nos cruzamos con un perro de alguna casita junto a la carretera que resultó estar suelto y nos corrió detrás unos cuantos metros. De no ser por un carro que pasó y lo asustó, no sé qué habría sido de nosotros en ese momento. Fue el momento de terror y luego de carcajada que nos dio el viaje a eso de las 3am. Luego, a las 3:30 am vimos el primer letrero que decía El Vino, lo cuál nos daba esperanzas de encontrarnos con el Alto any time soon. A las 4 am vimos las primeras luces y personas despiertas en alguna tienda de El Vino y tomamos una bebida energizante para seguir. Que alegría saber que estábamos tan cerca.

Sin embargo, lo peor es llenarse de esperanza. Sentir que estábamos cerca cuando en realidad nos faltaban unos 8kms de subida fue tremendamente agotador, frustante y nos rayó más mentalmente. ¿Dónde quedaba ese puto Alto? Nuevamente seguíamos girando, derecha, izquierda, izquierda, derecha, y cada giro estaba lleno de ilusión por creer que al final del camino, ahí estaría ese gran letrero que diría ALTO EL VINO, BOGOTÁ 25 KMS. Caminamos un montón porque las piernas ya resentían las 10 horas de viaje en subida. Hasta que por fin, llegamos. ¿Que por qué tan ilusionados de llegar al Alto? Porque sabíamos que allí el viaje sería de bajada y luego plano, todo plano, todo cerca a Bogotá.


¡Llegamos! Llegamos justo cuando empezó a amanecer, no sé la hora, ya no importaba entonces. Era como si la vida hubiese cobrado sentido nuevamente, ¡y qué vista la que nos daba el Alto de ese amanecer! Tuve un mix de varias emociones. Durante muchas horas me sentí frustrada, enojada, feliz y dichosa de estar viajando. Cuando llegué al Alto sentí todo al mismo tiempo y no sabía sí reir o llorar. Tenía ganas de llorar, pero el cuerpo no reaccionaba, sólo servía para pedalear. Calvin y yo nos abrazamos y se sentía el miedo, el miedo de no lograrlo, de dejarnos llevar por la locura, de matarnos en la carretera porque alguna voz nos lo decía. Fue sentir que habíamos sobrevivido. Y por fin recibía mi pequeña recompensa, estaba cerca a Bogotá y esos últimos kilómetros parecían pan comido. 

Podría decir que fueron pan comido, pero se hicieron eternos. Sentir la cercanía de mi cama me dio sueño, tenía miedo de dormir mientras pedaleaba pues las pocas veces que nos deteníamos me quedaba dormida hablando con Calvin. Pero llegamos, aunque la frustración siguiera presente, era como si la mente peleara con lo que era, ¿por qué si pedaleo y pedaleo no avanzo, no estoy ya allá? Una pelea estúpida pero necesaria, porque creo que nunca en mi vida había sentido tanto y me había llevado al extremo. Sentí lo frágil que soy, me sentí una con todos los árboles y plantas que habían a mi alrededor y sentí lo fácil que podía convertirme en polvo. Un polvo que podría volar por todas partes. Sentí lo grande que soy y todas las posibilidades alrederor. Para mí quedó claro que el silencio habló más que el constante ruido con el que me rodeo todo el tiempo y entendí esa necesidad de vivir escondiendo el silencio. Qué miedo le tengo a la verdad, a la fragilidad, a la muerte, a la vida, a la idea que me he vendido de la "realidad". Sentí que todo lo que sabía no servía para nada, que no era importante y que en realidad, así es. Nada es tan importante. Nada.

Debo decir que nunca me había sentido tan viva. ¡Qué excelente manera de empezar un año nuevo!

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