10.12.13

Mi bici y yo.

Yo cargo con miedo, lo cual no me hace sentir muy bien, y más con una declaración de ser una mujer segura. Sin embargo, ya dicen por ahí que tú decides qué hacer con ese miedo, si permites que te mueva o te paralice. A ese miedo paralizador le tengo miedo (sí, sí), porque vengo de una familia con miedos y miles de inseguridades que se acostumbró a la quietud, para evitar la fatiga, y enfrentar los miedos.

De ahí radica que me guste mucho montar en bici. Muchísimo. La primera bici que monté fue a los 6 años y era de una amiga, y siempre la monté (la bici) en un garaje, dando circulos y circulos al lado izquierdo (lo que me hace pensar que por eso sólo sé girar bien al lado izquierdo y no derecho, pues me parece incómodo). Luego de sorpresa, un 24 de diciembre a mis 7 años,  mi papá me llevó a comprar mi primer bici. Era morada, de ruedas blancas, pero eso sí, un poco alta y sin rueditas a los lados, como la de mi amiga, porque la idea era "aprender a montar de verdad". Ahí empezó mi miedo con la bici. Podía montarla, lento y bien, pero cuando se trataba de frenar, nunca pude, prefería botarme al piso como loca antes de frenar, y lo peor que me podía suceder era que alguien se atravesara en mi camino. Me daba pánico. El asunto fue pasar el miedo por mí misma, porque nunca tuve a nadie que me ayudara con eso. No me quejo, y ni sé por qué, pero así fue. Tuve que aprender a frenar de a poquitos, porque creo que mi gran error era frenar fuerte e irme contra el mundo. Cuando dominé lo de frenar, lo dominé todo.

Todas las tardes, después de la escuela, llegaba a casa, me cambiaba el uniforme y salía a montar mi bici. Tengo muchos y muchos recuerdos de recorrer el barrio en bici, me sentía supremamente libre y dueña de mi tiempo, de mi espacio, de mí. Recuerdo incluso esa vez que me estrellé con un perro. Esas cosas sólo me pueden pasar a mi, y la que más resultó herida fui yo, el perro salió ileso. (Lloré mucho y fue supremamente humillante, ahora cada que me acuerdo me da un ataque de risa) También, cuando mi hermano vivía en Fusa (un pueblo cerca de la ciudad), llevabamos mi bici y recorría la zona nice del pueblo en bici, toda, todita. Incluso todavía conservo una cicatriz en mi muñeca que me gané en una de sus tantas bajadas.

En fin, cuando cambiamos de casa ya tenía yo once años, y volvía a no tener amigos, excepto mi leal bicicleta. Sin embargo la pre-adolescencia llegó con pena y sólo podía salir con mis primos a la tan llamada ciclovia los domingos. El problema fue que mis primos, bien queridos ellos, siempre andaban con miedo cuando ibamos en bici. Miedo a otras bicis, miedo a ir muy rápido, miedo a acercarse a algún carro, miedo a pasar un puente, miedo a... en fin, de tantos miedos ya no los recuerdo bien pero sé que me los pegaron casi todos. Incluso mi papá, en el tiempo en que mis primos ya no salían porque la pre-adolescencia también les pegó a su manera, yo salía sola al menos una hora para andar en bici y mi papá sólo atinó una, UNA sola vez a decirme: ¿usted va sola por ese barrio?, pero si ahí roban bicicletas.. y gente. Dejé de andar por allá porque, aunque mi papá no estuviera en lo cierto, me dio miedo, joder.

Luego la bici se fue oxidando y no había quien la arreglara. Por más que quisiera a mi bici, nunca supe cómo arreglarla. Luego luego también llegó la época en que mi papá se acordó que todos los domingo hacíamos (desde mis cinco años) algo "deportivo-like", y como la vejez no llega sola (y los balones de baloncesto estaban más pinchados que las bicis) decidió que debíamos volver a ciclovia (además porque en su trabajo siempre regalaban maravillosas cosas, como MP3, iPod y una vez, le dieron una bici, que heredé instantáneamente), así que él con su bici semi-pro y yo con mi bici semi-mía nos aventuramos a madrugar a las putas 7am todos los domingo a montar bici. Mi papá no era flojo para levantarse a esa hora, yo sí. Así que siempre iba con cara de mierda a montar bici. Lo feo es que cuando yo ya estaba feliz en mi bici, el flojo era él que no pasaba de recorrer los mismos putos kilometros ida y regreso para luego volver a casa. Era frustante, y más aún porque él tenía la bici buena, y yo no, entonces si yo me cansaba, él me molestaba por floja. Cuando yo le pedía que hicieramos cambios de bici... ¿quién se lo aguantaba quejándose de mi semi-bici? Horrible. Luego vino algo peor, y es que tuvimos la primera gran pelea con mi papá, un sábado y esa noche me dijo: y no importa, mañana a las 7 de la mañana la espero despierta para ir a ciclovia. Eran las 6:30 y yo ya estaba lista, con los ojos hinchados de llorarlo toda la noche y de odiarlo toda la vida. Fue horrible porque aceleré todo el recorrido, simplemente para terminar rápido.Mi papá me pedía que no fuera tan rápido, lo que me hacía irrr más rápido. Llegamos a la casa de mal genio, porque sí. Desde ahí no quise saber más de montar bici, y mi papá no volvió a pedirme nunca que salieramos a montar. 

Un año después mi hermano, después de perder su trabajo y la novia (creo que así fue la historia) me pidió que lo acompañara a ciclovia. Fue mortal. No llevamos nada para hidratarnos (pensé que ibamos a hacer la misma pendejada que con mi papá) y no llevamos ningún tipo de protector solar. Estuvimos bajo el sol más de cuatro horas, sin nada de tomar y recorrimos miles de kilometros en Bogotá. Llegamos que no nos podíamos tocar la cara del ardor, ni las piernas del dolor. Mi hermano llegó medio feliz, porque sacó toda su ira contra el mundo de esa manera, yo llegué de mal genio porque me sentí utilizada :( jaja, en fin.



Desde ahí no recuerdo haber vuelto a montar bici, porque qué uso tenía. Mis primos son un poco más asociales que yo, y mi papá, no, otra vez esa vaina no. Sin embargo, cuando entré a la universidad quise saber cuánto tiempo me tomaría irme en bici, a ver si así sería divertida la cosa. Le pedí a mis primos que me acompañaran un domingo, el de prueba, a ver qué tal. Para colmo de males me acompañó mi primo, al que le han robado dos bicicletas en su vida. Él, tan querido conmigo, sólo logró asustarme más durante el trayecto. A cada nada me decía que nos estaban persiguiendo para robarnos las bicis, y el dinero... y la dignidad, qué sé yo. Incluso llegó a decir: "si vio a ese tipo que tenía una navaja grande, ese nos va a robar". Maldita sea, nos demoramos una hora de trayecto y renuncié a ir en bici porque si eso era a las 11 am de un domingo, ¿cómo sería entre semana a las 6am para llegar a clase de 7? El horror.

Pero luego, dos años después, llegó lo bonito. Chico Calvin anda en bici y una vez que cancelaron clase en la u, decidimos ir hasta el parque más grande de Bogotá, el Simón Bolivar... miento. Una vez fuimos a la feria del libro con él y salimos tan tan tarde que ya no habían buses que me llevaran a mi casa, así que él dijo que me llevaría en su bici. Por miedo y pena dije que no, pero sí accedí a que me acercara un poco, al menos para que el taxi que tuve que coger no me costara tanto. Yo, que cargaba con miedos de bici, y él, que llevaba mi misma edad montando en bici en la ciudad nos encontramos por primera vez, sobre la bici. Morí del susto porque no recordaba que debíamos pasar no uno, sino dos puentes, y el loco este decidió llevarme sobre su parrilla y sus "patos", al tiempo que al lado nuestro pasaban camiones pesados. Creo que grité un poco esa vez, pero estaba tan emocionada, dios.
Luego sí llegó la invitación al parque, invitación que incluía llevada en bici y todo. Acepté ir así, porque qué carajos sin saber que ahí ya empezaba a sentir el miedo de otra manera. De la universidad al parque hay mil rutas, pero tomamos aquella que él conocía más y que incluía subir un puente. No me oriné del susto, pero si morí un poco y me reí muchísimo, además que desde entonces descubrí que con los pies podía hacerlo a él ir a la derecha o a la izquierda, aún utilizo ese método para hacerlo voltear.

Mucho más adelante, cuando chico Calvin se quedaba en mi casa y salíamos para la U, aprendí otras rutas, diferentes a la única que utilicé con mi primo aquella vez de la prueba. También aprendí que no habían mil personas persiguiéndonos y tratando de robarnos la bicicleta en cada esquina. También aprendí que salir a las 6am era delicioso porque el frío que se siente va acompañado de vida. Y más importante aún, aprendí que muchos de esos miedos no son míos y no me pertecenen, se los devolví a sus dueños y agarré mi bici, la semi-mía. Después de un montón de arreglos (que todavía no terminan), monto a esa pequeña bici, que la creo de género masculino y le apodé: Mesié. No monsieur, porque una no quiere andar explicando la pronunciación del nombre de su bici por ahí.

La gente aún me pregunta que si no me da miedo andar en bici, y sobretodo cuando son las 9 ó 10 de la noche y voy para la casa. Nunca les digo lo que realmente pienso, porque es tarde y siempre quiero llegar a casa. Respondo que No, que No me da miedo y sigo mi camino. Y la verdad es que no, o no mucho. Me encanta ir y sentir que es el miedo el que me hace ir rápido (con cuidado), el que me hace mover las piernas y no perderme la experiencia. Me siento dueña de ese miedo, de mí misma, como me siento dueña de la bici, de andar por donde quiera para llegar al mismo punto. 

Y sé que ahora en Bogotá hay las mil y un campañas para mostrar la bici como un medio de transporte alternativo, ecológico, amigable, etc. Falta mucho, porque más que hablarle a la gente para que ande en bici, hay que hablarle a los que andan en buses y carros, conduciéndolos. Ellos, que a lo mejor también pierden el miedo cuando están frente al volante... pero también pierden la paciencia y la humanidad y se les olvida que sobre las bicicletas y motos hay seres humanos. Eeeeen fin, este post no es sobre eso.

Me encanta mi bici y yo creo que le caigo bien a ella. A él, como sea. Y me encanta que al menos en alguna cosa, aún, el miedo no es más grande que yo.

2 comentarios:

  1. Te envidio. Sí, y mucho. Por un par de razones:

    1. Todas tus entradas me dan ganas de escribirte otra entrada larga largota en respuesta pero si lo hago mi blog se va a convertir en un epistolario para Lydia.
    2. Quiero aprender a montar bici.

    ¿Alguna vez te conté que en mi cabeza las bicis y el amor van juntas? Ay, qué demonios, escribiré la bendita entrada y quiero que comentes.

    Con amor,

    Yo.

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